Por: Fernando Ortiz C.
Ayer día soleado, tres de la tarde y en las inmediaciones de la Glorieta Minerva se iban congregando familias, niños, niñas, personas de la tercera edad vestidas de blanco y con una idea, al parecer clara, de estar ahí: Apoyar la familia compuesta por mamá y papá, según cantaban y recitaban.
Llegué al lugar acordado por redes sociales, estacioné mi vehículo frente a una iglesia de la zona, esto parecería una señal de lo que presenciaría en la multitudinaria marcha que se principiaba en conformarse; he de aceptar que eran miles de personas las que estaban decididas y unidas por una misma causa: la defensa de los niños. Ellos necesitan un padre y una madre para su desarrollo integral. Sé uno por los niños. Se repetían unos a otros sin parar.
Comencé a sentir que ocurría algo diferente, sentía que cada paso que daba, y me acercaba a esa marcha, era un paso en el tiempo. Esto ya no figuraba como la ciudad de Guadalajara en el siglo XXI, comenzaba a transformarse en los años sesenta del siglo pasado, siendo más preciso al 28 de agosto de 1963, cuando Martir Luther King Jr, pronunciaba su discurso tan conocido “I have a dream”. Pero en la retórica de las pancartas, cantos, gritos y panfletos no veía la convivencia entre homosexuales y heterosexuales, parecía más una pantalla de derechos humanos donde detrás se escondía la intransigencia y los valores impuestos de una religión en específico.
Y así comenzó mi viaje en el tiempo, definitivamente cada paso me acercaba más al centro de la manifestación, pero cuando reaccioné sin duda alguna por el entorno, el contexto y el desarrollo de los argumentos distinguía que estaba en el siglo XV, en plena época Inquisitoria.
Miraba hacia un lado y los jeans de “marca” estaban por doquier, Dolce Gabana y Ralph Lauren parecían que patrocinaban el evento, entre los grupos “bien”, representados por la clase media alta de nuestra ciudad. “¿Cómo te fue en Italia?”, “Vamos a jugar golf la próxima semana”, “Vieras que bien está la camioneta Mazda”; “Una foto pal´ face, para que vean que sí venimos”, frases que abrían la conversación.
Miraba hacia el otro lado y la “ropa de marca” desaparecía; ahí la Biblia era la herramienta, y tristemente el arma, para justificar sus ideales; personas humildes se denotaban en el entorno, fervientes a su amor por Cristo y que según decían entre ellos, con mucho esfuerzo había llegado. “Nos venimos caminado”, “El camión nos dejó bien lejos”, “Qué calorón pero todo sea por el Señor”, era lo que decían al saludarse.
En medio de estos grupos se encontraban religiosas y algunos sacerdotes o seminaristas, que servían de eslabón para vincular a los dos estratos sociales, que si bien compartían al parecer la misma idea, no había necesidad de por qué mezclarse.
Seguí caminando, escuchando el alboroto de las personas vestidas de blanco y dispuestas a caminar un par de kilómetros a favor de los niños y su derecho a tener un papá y una mamá. Quería detenerme porque sabía que cada paso que diera sería un retroceso en el tiempo y posiblemente después de dar una vuelta completa a la majestuosa glorieta, me encontraría en el Edad de las Cavernas.
El calor era fuerte, por lo que decidí refugiarme en la sombra, sombra acaparada por un grupo proveniente de uno de los colegios más exclusivos de la ciudad; como pude logré tener un poco de sombra. Una señora muy bien vestida, pintada y empuñando una pancarta que tenía la leyenda: “Somos mayoría los que queremos el matrimonio natural” me saludó. ¡Qué bueno que jóvenes como tú vienen a esta marcha! Me dijo alegre. Yo solo sonreí. Tenemos que defender a nuestras familias, y que el gobierno nos escuche. Volví a sonreír.
Posiblemente la señora se identificó conmigo o con las sonrisas que le regalaba cada vez que me decía algo. Ven, chico, deja presentarte a mi familia, venimos: mi esposo, mi hija, su esposo, mi hijo, mi otro hijo y su novia, mi hermana y mi mamá.
Desconcertado saludé a toda su familia sin saber quién era quién, pero eso no importaba ahora parecía éramos amigos. Dicha señora, me invitó al grupo de oración del colegio, al grupo de la Biblia, hasta foto me pidieron les tomará.
Y llegó el momento, una pareja de lesbianas que por ahí pasaba fue blanco de miradas y juicios, mejor dicho prejuicios; las volteaban a ver como si fueran ajenas a su sociedad o a su realidad; posiblemente esta pareja viniera del siglo XXI. En fin, cual sería mi sorpresa pues llegaron a saludarme, una de ellas era una antigua compañera de la preparatoria. Solo me saludó y se fue, sin mayor arrebato ni conversación se fueron.
La conversación con “mis nuevos amigos” no había terminado, le dije a la señora que cuánto tiempo faltaba para empezar el recorrido, solo se dio la vuelta y me ignoró. Su familia se había olvidado de nuestra reciente amistad y se voltearon.
Los que estaban a nuestro alrededor me miraban extrañados. Yo solo saludé por educación: “Lo cortés no quita lo valiente o lo decente”, decía mi abuela. Cuál fue mi sorpresa cuando, la señora que me había sugerido acompañar a los jóvenes del grupo cristiano a sus charlas, y se sentía feliz por apoyar su causa me miró y me dijo: Saludas a esas puercas. En ese momento recordé que me encontraba en un viaje en el tiempo y estaba en el siglo XV.
Me retiré de ahí, siendo yo ahora parte de los prejuicios, caminé y la gente seguía juzgando a la pareja lesbiana que iba hacia un restaurant cerca de la Minerva. Emprendí la marcha por mi parte, solo, tenía una pancarta que decía: “Hombre y Mujer es matrimonio”.
A lo lejos, frente a mí alcancé a percibir un grupo que gritaba consignas de: “Vete de aquí”. “Arrepiéntete y pide perdón por tus pecados”, “Que Jesús y María te saquen del mal camino”. Comencé a caminar más deprisa, con el temor constante de regresar aún más en el tiempo, claro está. Quien recibía las ofensas era un hombre que recibía insultos y consignas pero ni volteaba a ver la marcha y solo tenía dos globos: uno rosa y uno azul que decían: “Tristeza me da esta sociedad”.
Me acerqué a él y lo invité a ser parte de la marcha, al fin y al cabo yo iba solo y excluido por saludar a “unas puercas”. Accedió y fuimos caminando y platicando, era homosexual, pero a mí me daba lo mismo, era una persona, yo veía a un ser humano. No había visto que en uno de los globos decía: “Soy gay”, pero la demás gente sí lo notó y por eso se iban riendo de él y lo iban molestando con injurias.
Comencé a escuchar consignas nuevamente de: “Qué hacen aquí, esto no es para homosexuales”, entonces me percaté que ahora yo, según las personas que marchaban por los supuestos derechos de los niños, habían concluido que por conversar con un homosexual, obligatoriamente yo tendría que ser uno de ellos.
La gente no quería ni tocarnos, hacía lo posible por evadirnos entre la multitud. Hizo una pausa en el camino el contingente, porque había un semáforo y en eso una persona aprovechó para ponerse frente nuestro y decirnos: “Viva Cristo Rey”.
La marcha suponía no ser homofóbica, pero cualquier momento era propicio para lanzar un comentario homofóbico; se suponía que la marcha era organizada por la sociedad civil pero se notaba el contexto religioso único, en el que se desarrollaba.
Primero había sido aceptado, luego por un saludo fui segregado y casi casi desterrado de su grupo y ahora hasta homosexual ya era por conversar con una persona que no decía absolutamente nada ante las críticas y burlas.
Decidí parar, esta marcha no tenía ningún sentido para mí, yo había ido con el afán de conocer el entorno y lo que acontecía, pero definitivamente estaba más cerca de ser quemado en leña verde que de recibir un argumento más allá de lo que dicta una religión, ni siquiera basados en un humanismo, sino en la palabra de Dios interpretada a la ligera y a su manera, a conveniencia propia.
Me di la media vuelta y regresé al inicio, fui por mi auto que había dejado estacionado frente a una iglesia en el siglo XXI. Los que habían visto mi conversación con “el homosexual” me abrían paso, no fuera a que se les “pegará” lo que sus mentes habían creado. No pasaron más de dos cuadras, cuando mi pancarta, esa que decía “Hombre y Mujer es matrimonio” y que aún llevaba conmigo, comenzó a ser leída por la multitud que se dirigía hacia el destino de la glorieta de los Niños Héroes.
Felicitaciones y muestras de apoyo recibía, una mujer se me acercó y dijo: “Bien, eso es todo”. Yo ya no entendía nada, ahora como no me habían visto platicar con “el temido homosexual, destructor de la sociedad” era bien recibido y nuevamente era heterosexual. Caminé no menos de cuatro cuadras y la actitud frente a mí y mi “progresista pancarta” era la misma: “Bien, amigo que se vea ese espíritu”, ¿Tendría idea de lo que es el espíritu ese hombre?
Unas cuadras antes de llegar a mi auto y al siglo XXI que tanto añoraba, un padre de familia, con paliacate en el cuello reprimía a su hija: ¡No!, ¡te dije que te aguantaras! y no vas a tomar agua hasta que termine el recorrido; pero tengo sed, dijo la niña; ¡No me importa!, replicó el padre.
Llegué a mi coche, me aseguré que en verdad fuera el siglo XXI y no estuviera atrapado en el siglo XV o en 1963. La cuestión es que aún no sé si me quedé en un viaje en el tiempo o regresé al año 2015.
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