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Curiosa memoria

Oct 1, 2018 3:11
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Por Alejandro Páez Varela

La memoria es arbitraria, curiosa. En marzo cumplo 50 años y recuerdo con gran lucidez una ilustración que acompañaba un breve cuento en uno de mis libros de texto de primaria. No sé por qué se me quedó grabado para siempre (supongo que para siempre). Era una simple tendera en un segundo plano y frente a ella, sobre un mostrador, había perecederos diversos, como verduras y plátanos, además de refrescos perfectamente acomodados.

Yo me preguntaba cuánto durarían sin refrigerar esas verduras y los plátanos, y quién se atrevería a comprarlos si se estaban pudriendo. O si esas “sodas” –como algunos norteños llamamos a las bebidas azucaradas– no estallarían en cuanto las destaparan. La ilustración me parecía irreal a esa edad. Creía que el mundo era un desierto, como en el que nací y crecí.

Muchos eventos que se sucedieron en el centro y sur del país no los hice totalmente míos cuando era niño. Sabía que los olmecas, chichimecas, teotihuacanos, aztecas –y más lejos, los mayas– habían construido civilizaciones poderosas, pero crecí fascinado (así: fascinado) por las batallas de Ju, Gerónimo o Cochice. Si hablaban de pueblos indígenas, yo pensaba en rarámuris. Emiliano Zapata rezumbaba, pero yo era uno de aquellos Dorados de Villa –canto y escribo–, “de los que no damos valor a la vida, de los que a la guerra llevamos valor, de los que morimos amando y cantando: ¡yo soy de este bando!”.

Dimensionaba, de niño, a Porfirio Díaz, y de la misma manera, al mismo nivel, conocía la historia del “más grande terrateniente de México, dueño del mayor hato ganadero del mundo”, el ex Gobernador chihuahuense Luis Terrazas, mi propia versión de sátrapa.

Vi, en las calles de mi barrio –la Melchor Ocampo– a los tecatos, los heroinómanos, caerse en la banqueta y no levantarse, algo que no se vio en esos años en el resto del país. Vi a los pachucos y a los harpys pelearse la calle a cadenazos, y canté, en la escuela pública, con el puño levantado hacia el norte: “¡No permitamos a ningún invasor / listos a combatir!”.

Todo esto lo cuento porque yo tengo mi propia historia sobre el 2 de octubre de 1968. Una historia personal, quiero decir. Y saco directo de la memoria del niño Alejandro la siguiente versión: que unos jóvenes protestaron porque eran muy pobres, y que los militares mataron a unos y a otros los encarcelaron. Que desde entonces muchos de los estudiantes estaban escondidos, incluso en Chihuahua, y que todavía los andaban persiguiendo. Un pastiche de hechos y medias verdades.

Más adelante, mi hermano me enseñó ejemplares de una revista; se los había robado a mi tío “Toto” (Héctor, mi querido Héctor). La publicación se llamaba Por qué? Era blanco y negro. Traía fotos terribles: soldados dando de culetazos a jovencitos; indígenas muertos; unos esbozados vestidos de militar que leían con el fondo de una estrella roja.

Poco a poco, con las lecturas, fui aclarando los hechos que me llegaron de golpe. Y cuando era adolescente conocí a Francisco Pizarro (y es mi amigo hasta hoy) y me contó una parte de esa historia en primera persona. Fueron saliendo más nombres, más fechas, más episodios, y la vida me llevó a conocer (y apreciar) a don Mario Menéndez, el director de la clandestina Por qué?

Y hasta hoy sigo reconstruyendo, afinando una versión de aquellos eventos de 1968.

La memoria es curiosa. A los 50 años acepta menos datos y se aferra a los recuerdos lejanos. Como el cerebro no guarda videos sino imágenes casi siempre fijas, y la memoria se compone de retazos que se atoran en la sinapsis, es necesario, a veces, preguntarse qué es lo que recuerdas del mundo y entonces el mundo se te representa, otra vez, en tramos seleccionados por un azar que no se comprende con precisión.

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No recuerdo el 2 de octubre de 1968 porque no estaba allí. Incluso las lecturas que me permitieron recomponer mi versión vaga están llenas de imprecisiones, como sabemos ahora, porque fueron escritas por autores apasionados que estuvieron parados en un lugar preciso, en un momento específico. Sin embargo sí recuerdo bien qué vino: un sistema que se venció a partir de esos hechos de represión y barbarie, y que a su vez parió otro, prematuramente podrido.

Los procesos de la memoria nos exigen recordar para que la sinapsis no se diluya; nos obliga a recrear una y otra vez, adentro, ciertos tramos de la vida. O se esfuman en la nada. La neurología moderna nos enseña (El Cerebro, Anagrama 2017. Autor: David Eagleman) que somos lo que pensamos, y el razonamiento transita sobre lo que recordamos. Entonces somos lo que recordamos.

Nací en un año que no recuerdo y del que he ido construyendo, de manera arbitraria, mi propia versión, que no incluye las Olimpiadas. Pero sí me enteré de un sistema podrido que se desmoronó a partir del año en que nací, para dar paso a otro con el mismo tufo a mierda. Y supe, ahora sí de primera línea, que mi generación ha tratado de recomponer los pasos de este nuevo-viejo sistema podrido, pero, hasta ahora, sigue batallando. Seguimos batallando. La piedra de Sísifo parece no avanzar mucho del 68 a la fecha.

Nací en un año que es mera referencia para mí, porque en realidad no estuve allí. Lo que realmente guardo son los años que vi venir, donde apenas hubo héroes; donde apenas hubo logros; donde apenas si pudimos medio torcerle el brazo a gobiernos y gobiernos y gobiernos abusivos y perversos, rateros. Guardo más recuerdos de frustración en la memoria que imágenes de triunfo. Si alguien piensa en 1968 como un año en que ganamos algo, no estuve allí.

Mi memoria irá declinando, declinando en los próximos años. Recuerdo esa ilustración de mi libro de texto de primaria y tengo muy presente todo el esfuerzo que hemos hecho, entre muchos, para levantar algo nuevo a partir de aquello que se quebró en 1968. Y he visto, y eso lo tengo más que claro, cómo hemos fracasado.

Soy pesimista y me defiendo de la memoria con el pesimismo. Pero sé que todo se irá, pronto; la sinapsis quedará cucha, y luego no existirá.

* Publicado el 3 de febrero de 2018 en Laberinto, suplemento cultural de Milenio.

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