Por: Fernando Ortiz C.
La visita papal ha desatado y puesto de manifiesto una situación peculiar dentro de la psicología del mexicano. Ese estímulo que nace desde lo más profundo del corazón de la mexicanidad y que podría definir como estar a favor de nada y en contra de todo.
Que si el papa viene, malo porque viene, que si no viene malo porque no lo hace. Si detienen al narcotraficante más buscado del mundo, malo, si se escapa, malo, si lo vuelven a capturar también malo. No hay nada que le dé gusto al mexicano, todo es queja tras queja sin mayor propuesta, una confusión entre ser crítico y criticón.
La visceralidad con la que la psicología del mexicano se expresa es lo que a la postre podría ser la causa de los obstáculos para progresar como sociedad y nación. El mayor enemigo del mexicano está en el mismo mexicano (solo recordar la metáfora de los cangrejos en la cubeta).
El coraje y la envidia muchas veces son el catalizador para lanzar improperios y despotricar contra un hecho o una acción. Todo está mal, sea lo que sea siempre será motivo de crítica. No hay forma de dar gusto en nada a los mexicanos, ni cuando las cosas parecer ser mejores, siempre está la respuesta de que podría ser aún mejor por lo cual no hay nada porque alegrarse.
Futbol, política, historia, tradiciones, todos los ámbitos no pueden escapar de este lastre psicológico de menospreciar y desvalorar lo que se tenga enfrente.
El mexicano lucha en batallas imaginarias, pone sus pies en luchas sin sentido y por el puro gusto de hacerse notar. Un ejemplo sencillo, la argumentación de un Estado laico, si somos laicos ¿qué hace el papa aquí? Muy bien mexicanos defendamos la laicidad del Estado y marchemos en contra de tener vacaciones de Semana Santa. Marchemos y levantemos la voz en contra de que el día de Navidad sea un día oficial de asueto. Día de la Virgen de Guadalupe, Epifanía, fiestas patronales y demás celebraciones que tan placenteramente se celebran en cada rincón de nuestro país.
El mexicano argumentando que en la ley, esa que busca quebrantar en cada oportunidad, debe respetarse a capa y espada un Estado laico, ese es el gran legado de Benito Juárez.
Criticar por criticar, a diestra y siniestra, quejarse para victimizarse, es parte de nuestra psicología y nuestro modus operandi, es más fácil criticar que proponer y lanzarse hacia la lucha, con el lema “a ver qué pasa” o el tan característico “a ver si pega”.
Pregunto ¿Quién sería digno de venir a nuestro país? O ¿Quién sí podría cambiar en seis días el país? O mejor aún ¿Quién es el mejor invitado que pudiéramos tener? Ese invitado que valga más que construir carreteras, hospitales y escuelas. Y ¿cuántas de estas edificaciones serían necesarias para que los mexicanos no se quejaran de quién viniera a nuestro país?
Samuel Ramos, Roger Bartra, Carlos Monsiváis, Octavio Paz y muchos más de alguna u otra forma han aportado su opinión a esta construcción del mexicano, haciendo énfasis en su comportamiento tan peculiar y característico frente a los hechos que lo envuelve el acontecer diario del mexicano, porque el chiste es quejarse.
Estoy seguro que si apareciera Quetzalcóatl en medio de la capital mexicana y nos hablará, la gente se quejaría porque México es cristiano, y si se apareciera Cristo sucedería lo mismo porque nuestras raíces nos llevan a Quetzalcóatl. Y algunos apedrearían a ambos porque estamos en un país laico como dice nuestra Constitución.
Ironías mexicanas, ser el centro del mundo pero que nadie se meta en él, nadie nos critique porque ahí sí reparamos indignados, pues nuestra reputación está hecha para que la hagan pedazos los mexicanos, no los extranjeros.
Toda la “criticonería” sea hace con el sello del estilo a la mexicana, como lo menciona Fernando Escalante Gonzalbo: “improvisado, amañado, hecho un poco a la buena de Dios y sobre todo sin hacer caso de las reglas”, al “aventón” por decirlo de alguna otra manera más coloquial.
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