Por Alejandro Páez Varela

@paezvarela

En distintos momentos de la historia moderna, los estados nacionales han tomado control de sus economías para reorientarlas después de periodos de crisis. El campeón de todos, entre los países con economía de mercado, es Estados Unidos. En 1933, Franklin D. Roosevelt lanzó el New Deal, una política intervencionista para contener la Gran Depresión y beneficiar a los más pobres. Pero en 1939 las cosas no mejoraban y con el pretexto de la seguridad nacional –la II Guerra–, Washington dio un segundo paso: tomó control de todo… con un cambio de fondo: de la política “social” del New Deal pasó al capitalismo de cuates. Simplifico el ejemplo, por supuesto. Noam Chomsky dice que para 1939, Estados Unidos ya era un país fascista: “Teníamos básicamente una sociedad totalitaria, con una economía de mando, controles de salarios y precios, y asignación de materias primas, todo decretado desde Washington”. Los beneficiarios de ese control fueron las grandes empresas, que realizaron la gestión de los recursos públicos por asignación directa.

¿A cuenta de qué saco esto? A cuenta de lo que está pasando en el país. Durante más de un año, el Presidente Andrés Manuel López Obrador ha burlado mecanismos de transparencia y ha asignado de manera directa los grandes contratos gubernamentales. La justificación pública va en dos sentidos: por un lado, cuestionar que cuando hubo más controles (con Enrique Peña Nieto) la corrupción fue peor; por el otro, una cruzada contra el saqueo. Con estas ideas se ha iniciado, en los hechos, una reconversión de la economía: de una que ha servido a los grupos de interés político-económicos, a otra que busca ser más social y repartir los beneficios entre la población. Un proceso de reversión del neoliberalismo; un empujón del péndulo hacia la izquierda.

He escrito en el pasado que López Obrador suele decir en sus discursos que “nunca más” esto y aquello. No los comparo, pero en uno de sus discursos más famosos, José López Portillo dijo, al estatizar la banca: “Es ahora o nunca. A nos saquearon, México no se ha acabado. ¡No nos volverán a saquear!”. Y nos saquearon. Ese “nunca más” de López Obrador, pues, asume muchas cosas. Considera que los gobiernos emanados de Morena seguirán en el futuro, y ya sabemos qué momento vive su partido: está tomado por ambiciosos y vulgares que se pelean palmo a palmo los favores del poder. Y está la máxima de Keynes: “A largo plazo, todos estaremos muertos”.

El problema del péndulo radica en su propio motor: la gravedad. Del “nunca más” al “siempre, mucho” hay apenas un esfuerzo mínimo. Lo vimos en el pasado.

Y aquí paso a lo que realmente quería decir: el problema del lopezobradorismo es el lopezobradorismo: el Presidente dejará de serlo en menos de cinco años y si no se enfatiza en el fortalecimiento de las instituciones (en vez del país-de-un-sólo-hombre) lo pagará él, lo pagará el país, lo pagaremos todos. ¿Qué reemplazará a las asignaciones de contratos de manera directa? Debe ser la competencia por los contratos, con transparencia y mecanismos claros. Pero éstos han quedado desmontados porque se vive una reorientación de la economía. El problema (o la bendición, si se es de la oposición) del país-de-un-sólo-hombre, es que mañana será más fácil desarmar todo lo que se ha armado una vez que ese hombre no esté.

  Lujos impiden que el avión presidencial sea vendido

Estados Unidos ha sufrido varias reconversiones pragmáticas de la economía en un siglo. Pero ha sido por consenso; de élite pero consenso. Existe algo que llamamos “Washington” y que es, en realidad, una masa de tomadores de decisiones que está velando por sus intereses. Acá todo se ha reducido a un individuo que para imponer criterios ha incluso desdicho a sus secretarios de Estado a la vez que da traspiés porque todo lo hace él, al momento, en tiempo real. Y el ejemplo más directo y actual es la cadena de acomodos y desdichos con el destino del avión presidencial.

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López Obrador representa el primer experimento declaradamente “de izquierda”. Tiene al menos dos responsabilidades frente a sí, transforme o no, como promete: uno es gobernar a favor de las mayorías de manera ejemplar y con resultados puntuales; la otra es fincar las bases de una sociedad más equitativa y más moderna, con instituciones que garanticen su continuidad, y no la continuidad de un sistema de las ideas de un hombre.

La reconversión económica emprendida es un intento de reacomodo social, si es que funciona. Reconversiones similares han sucedido en distintos momentos de nuestra historia y en muchos estados nacionales, y no debe asustarlos. Pero no se completará en seis años. Necesita bases sólidas. El salinismo neoliberal tardó casi 40 años en acomodarse (y mostrar su verdadero rostro, depredador). Pero esta reconversión no se completará si vivimos un Estado de un solo hombre. No es buena idea. El hombre se irá en menos de 5 años y quedará… ¿qué?

El Presidente debe aprender pronto a soltar porciones de poder en mujeres y hombres que construyan y reconstruyan instituciones; debe construir una transición hacia mejor. Si él es el modelo de honestidad, como suele promocionarse, significa que de allí, para abajo: y si él reparte a discreción los contratos, los que vienen lo harán igual, pero con menor honestidad (si creemos en que la vara es López Obrador).

AMLO se ha dado un plazo para poner cimientos a su “4T”: 1 de diciembre de 2020. Esperemos que se trate de un intento por deslopezobradorizar el ejercicio público. Esperemos que sea un ejercicio por fortalecer instituciones. Un “nunca más” no es garantía de nada: sólo con instituciones sólidas se puede prever la continuidad. De otra manera, absolutamente todo lo que se ha intentado construir en este tiempo se irá, sin más, al carajo.