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El túnel

Dic 26, 2016 22:32
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Por Alejandro Páez Varela

–En recuerdo de mi padre, a tres años de su muerte, y en solidaridad por los muertos de Tultepec

La máxima dice que todo está bien, hasta ese momento mágico en el que todo está mal. Y algo así nos ha pasado en México. Mi generación ha enfrentado a los positivistas que han dicho, durante tres décadas casi, que el país va bien; pero la pobreza aumentó respecto a la población total, lo mismo que la desigualdad; la industria nacional – incluyendo la que operaba el Estado, como Pemex– ha sido desmantelada y trabajamos con equipo prestado, herramientas prestadas, tornillos que no producimos, materiales que nos ponen en las manos y que vienen de otra parte. Sembramos apenas una parte de lo que comemos; nos ponemos los trapos que les sobran y no porque los regalen: nos los venden a lo que quieren. Las cadenas de hoteles importantes son casi mayoritariamente extranjeras como los supermercados. Los autos son extranjeros; los tractores que arañan nuestras tierras son extranjeros igual que las tasas de baño.

Y ese momento mágico en el que todo está mal lo vienen advirtiendo los economistas que desoímos y mandamos a puestos burocráticos en la UNAM o en alguna otra parte; los dejamos de escuchar para comprarnos el discurso que mandaron durante décadas los funcionarios liberales que ahora administran el país desde la iniciativa privada. Dejamos de escuchar y dejamos de hablar porque nos llenaron la boca de hamburguesas –es una metáfora, por supuesto– y el país estalló en una crisis de obesidad y diabetes –y esa no es metáfora– porque incluso la receta para callarnos venía envenenada.

Pobreza, desigualdad, corrupción, violencia, obesidad, diabetes. Otra vez la zozobra de no saber a dónde vamos: con un endeudamiento histórico; con inflación, dólar y tasas de subida; con un discurso oficial ridículo (“lo bueno no se cuenta, pero cuenta mucho”) que sólo le da de comer a los alineados. 2017: todo está bien, hasta ese momento mágico –que es hoy– en el que todo está mal. La contención de la violencia sigue el camino incorrecto y la economía, antes de Donald Trump, era un avión en picada, sin un motor y sin piloto.

 

Importamos el maíz que nos comemos, les damos nuestras playas para que las exploten; les ofrecemos nuestro petróleo a cambio de una renta; acabamos con los cultivos para que pusieran sus maquiladoras. Lidiamos su guerra contra las drogas mientras, lejos de aquí, hacen la fiesta.

Y luego volteas hacia arriba, en ese mágico momento, y te das cuenta que los grandes negocios mexicanos están en manos básicamente de los que nos llevaron al momento mágico. Insisto en Pedro Aspe porque es uno de los mejores ejemplos aunque no el único, por supuesto; un economista liberal, impulsó reformas durante su paso por la Secretaría de Hacienda con Carlos Salinas de Gortari y luego se benefició de ellas. Y con él, muchos.

Todo dice que vamos a crecer todavía menos. Todo dice que Washington nos dará la espalda y al menos durante seis meses estaremos en una especie de “pausa”, esperando qué se decide allá. Todo indica que nos pedirán que les regresemos las fábricas, el equipo, las herramientas, los tornillos y los materiales porque no eran nuestros y que les regresemos, además, los empleos. Nos aumentarán el precio, vía aranceles, de lo que nos comemos y de los trapos que vestimos; de los tractores que arañan nuestras tierras y de los baños en los que defecamos porque, insisto, ni siquiera ésos se producen en México.

Y si no producimos equipo, herramientas, tornillos, materiales, ¿tenemos industria? No: tenemos muchas manos pelonas, empleos baratos, gente para explotar. Y si tenemos playas y minas y petróleo pero alguien más las explota para su beneficio, ¿son nuestros el mar, las montañas, el subsuelo? No. Y si no crecemos como crecíamos antes del periodo liberalizador que empezó con Miguel de la Madrid y se afianzó con Carlos Salinas, ¿hicimos lo correcto? Si la pobreza no disminuye y ahora tenemos más súper ricos con súper pobres en cada esquina; si ahora somos corruptos como pocos, obesos como pocos, enfermos de diabetes como pocos, y si ya ni siquiera podemos dar educación gratuita y hospitales gratuitos y no crecemos ni generamos los empleos que se necesitan; y si aún eso que tenemos –industria prestada– nos la van a retirar, ¿entonces qué tenemos?

Tenemos lo que tenemos: ese (este) momento mágico en el que todo está mal. Tenemos angustia, desesperanza, irritación; ganas de salir corriendo a otra parte pero resulta que no hay otra parte: que es desde aquí, donde estamos parados, donde debemos empezar la reconstrucción de estas ruinas que ves, Jorge Ibargüengoitia dixit. Si es que queremos la reconstrucción.

***

Lo más dramático, creo, es que la gente no se entere en qué estamos parados; que crea que la crisis que atravesamos es la misma de siempre. Muchos dicen que estamos mejor, que la calidad de vida ha mejorado en estos años. Claro, nos quedamos sin el petróleo, sin minas, sin campo. Usan el discurso de Humberto Moreira: “Cuando anden por el Paseo del Río, que era una yerbajal, había escombros y basura y pañales; cuando vayan caminando por allí acuérdense quién lo hizo. Y antes de que digan ‘¡y la deuda!’, se muerdan la lengua porque ninguno ha pagado la deuda. Ya no vaya al Paseo del Río, no vaya al teatro, ya no pase por las obras nuevas que hicimos, las vialidades, que su marido renuncie al trabajo si lo consiguió con las empresas que yo traje y entonces sí tendrá la autoridad moral para decir: ‘¡ay, la deuda!’, que por cierto no pagan”.

En pocas palabras: nos hicieron el favor de endeudarnos hasta el copete y nos hacen el favor de prestarnos “sus obras”.

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No recuerdo, en mi vida, tantos ex gobernadores investigados por corrupción al mismo tiempo. Cuento ocho. Investigados por autoridades locales o denunciados porque, claro, siendo la PGR una institución tomada por el PRI, nunca va a ir por ellos.

No hay registro de niveles tan altos de deuda. Por un lado, la nacional: 50.5 por ciento del PIB. Por el otro lado, la de los estados. Y luego está la escondida, la que, con ayuda de endeudadores profesionales, ocultan bajo fideicomisos varios gobernadores (y de eso escribí la semana pasada).

No recuerdo, en el México moderno, una amenaza como la de Donald Trump. Usted dirá: el tipo es puro mitote. Pues mitote o no, le convenga cancelar el TLCAN o no, cada vez que abra la boca temblaremos. Vea: todavía ni llega y el dólar está en 20.50, 21 pesos.

Todos, menos Hacienda, han corregido a la baja las expectativas de crecimiento para 2016 mientras la inflación amenaza, los precios de la gasolina suben, la recaudación del gobierno está para pedir limosna y al mismo tiempo, como si todo lo anterior no fuera suficiente, los legisladores federales o locales se reparten aguinaldazos y bonos de fin de año.

No recuerdo tanta insensibilidad en décadas. No la registro.

La máxima dice que todo está bien, hasta ese momento mágico en el que todo está mal. Y ese momento es ahora.

Me gustaría equivocarme pero lamento decirles que las cifras nos dicen que estamos en un momento que pocas veces hemos vivido. Me gustaría equivocarme o al menos decirles que al final del túnel se ve la luz, pero no estamos al final del túnel sino entrando a él, al túnel, a otro túnel que, por lo que leo, será más largo y cansado que todos los anteriores que ya cruzamos.

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